“Los
niños no son una especie distinta, son actores sociales ya, no empezarán a
serlo cuando cumplan los 18”
Lourdes Gaitán defiende que niñas y niños son sujetos
activos que hemos de escuchar. El hecho de que no hayan alcanzado la mayoría de
edad no debería determinar su estatus en este sentido.
Daniel Sánchez Caballero 30/1/2020
Lourdes Gaitán, profesora de la Universidad Complutense
de Madrid, es pionera en España en la Sociología de la Infancia, una disciplina
relativamente reciente que defiende la emancipación de la infancia y que los
niños sean considerados actores sociales de pleno derecho y no una especie de
extensión subordinada a los adultos. “Tampoco estamos diciendo que haya que
dejar a los niños en la selva para que se apañen”, matiza. “Decimos que tenemos
que reconocer que nuestra relación con las personas que hemos calificado como
menores –porque hemos puesto una raya en una edad– es arbitraria, que no hay
nada natural en la vida de las personas y que todo es socialmente construido”.
¿En
qué consiste la sociología de la infancia?
La historia de la sociología de la infancia es bastante
reciente, más o menos desde el año 1987, cuando Jens Qvortrup, un sociólogo
danés, coordinó un número especial en una publicación científica. Los ingleses
estaban ya también planteándose reaccionar frente a esa punto de vista
dominante que era la sociología funcionalista y la psicología evolutiva. Y
también en Estados Unidos empezaron a plantearse ver las cosas de otra manera.
Lo primero es un cambio de mirada hacia las personas niñas. No son una clase
diferente, no son una especie distinta. Es la especie humana, y la especie
humana cuando nace lo hace bastante incompleta, como sabemos, y necesitamos un
periodo largo de introducción en la vida social. Lo que sucede es que ese
período de introducción, que es necesario desde un punto de vista biológico, es
a la vez social. Hay todo un proceso de socialización, de cómo se es niño y se
aprende a ser niño, cuáles son las expectativas sobre ser niño y cuáles son las
respuestas esperadas. Y todo eso es lo que se ofrece en la socialización, que
es una etapa de dependencia, aprendizaje, inocencia e ignorancia. Son toda una
serie de connotaciones que vienen a decir: “Tú no eres”. Se define al niño por
lo que no es, por lo tanto no tiene, no puede, no hace. Yo mando y se establece
también una jerarquía de poder donde el poder lo tenemos en los adultos.
Nosotros decimos que esto no es natural, sino que es
socialmente construido. Construimos la infancia de una manera determinada,
fundamentalmente de orientación eurocéntrica occidental. Todo esto, está en la
base de todas las manifestaciones que vemos luego, entre ellas este dichoso
veto parental fundamentado en que quien decido sobre mis hijos soy yo, luego
soy el propietario de mis hijos.
Pero
si esto es una construcción social y las construcciones sociales son inherentes
a las sociedad, no estamos inventando nada, más allá del cambio de paradigma.
Quiero decir, la situación es la misma y parece que inevitable. ¿Qué supone
este cambio de mirada que proponéis?
Hay dos paradigmas fundamentales en la Sociología de la
Infancia. Uno es una construcción social, es decir, una adjudicación de sentido
a un concepto que se construye socialmente. No es un proceso consciente de
construcción, sino que se va haciendo en nuestras mentes a base de
experiencias, mandatos, etc., etc. Es una construcción social, pero es un
fenómeno permanente en toda estructura social, que tiene variaciones
históricas, culturales, sociales, políticas y económicas. No es lo mismo vivir
la infancia hoy en España que vivir la infancia hoy en Senegal, Perú, Turquía o
China. Tiene variaciones locales e históricas. No es lo mismo ser niño hoy que
serlo hace 50, 100 o 150 años en cuanto al estatus que socialmente se les
concede. La otra pata de la Sociología de la Infancia es que los niños y niñas
–es un rollo, pero es necesario hablar así porque no todos somos niños o niñas–
son ya actores sociales. No lo empezarán a ser cuando cumplan dieciocho años.
Son actores sociales porque intervienen, actúan de hecho en la vida social. No
sólo porque con su presencia, en el momento que un niño o una niña llega a
nacer en una familia ya transforma esa familia, transforma su entorno y empieza
a interactuar con él.
Hay estudios sobre cómo influyen, cómo socializan los
hijos a los padres. El cambio social les afecta y ellos también tienen
respuestas frente al cambio social.
Más cosas de perogrullo que decimos es que eso de que los
niños repiten como monos; no es cierto. Si los seres humanos nos hubiéramos
limitado a repetir como monos, estaríamos en la Edad de Piedra. Es precisamente
porque cada nueva generación está haciendo nuevas aportaciones y no las hace a
partir de un momento físico determinado en su trayectoria vital. Por eso
decidimos que esa definición de infancia socialmente construida también es
construida por los propios niños y niñas. A nosotros nos gusta mucho hablar de
los movimientos de los niños trabajadores. Como ejemplo: de qué manera los
niños toman las riendas y la palabra y la voz de sus propios intereses. Pero en
este momento tenemos también el ejemplo fantástico del Fridays for future (el
movimiento por el clima entre los adolescentes), los movimientos de gente que
es menor de la edad a la que los adultos decidimos que ya sí que pueden hablar,
que son los 18; o el de Chile, en el que son los estudiantes de secundaria que
desde 2012 empezaron a decir «esta sociedad es injusta».
Muchas
preguntas de todo esto que me has dicho. Es inherente a la sociedad, entonces.
¿No es una construcción social? Sí, sí o sí. Una estructura social no puede no
ser claro.
Claro que sí. En ese sentido sería igual a la
construcción social que tenemos, que nos dice cómo esperamos que se comporte un
padre de familia, una mujer soltera, un hombre de negocios, una estudiante de
universidad, un aprendiz. Efectivamente, todo es ese proceso de conductas
esperadas con respecto a los otros en función del lugar que le tenemos
atribuido en la estructura social.
Y
dentro de que obviamente no es lo mismo ser un niño hoy en España que hoy en
China o que hace 40 años en Alemania, por ejemplo, ¿es un buen momento para la
infancia?
A mí me parece que es bueno. Si haces esa perspectiva
temporal, seguro que es mejor. La aprobación de la Convención sobre los
Derechos del Niño en Naciones Unidas, que ha hecho treinta años el pasado
noviembre, se considera un punto clave. Fue cuando se llegó a un consenso
mundial y que, además, está suscrita por todas las naciones del mundo (menos
Estados Unidos), que fijó esa imagen colectiva de lo que debe ser un niño o una
niña o una adolescente, cómo hay que tratarlos, qué obligaciones tenemos para
con ellos y qué derechos tienen también, qué pueden reclamar a la sociedad. Es
un punto de partida, porque representa un consenso que, como todo documento, es
criticable –y se critica que sea eurocéntrico, que sigue siendo proteccionista
y adultista–. Se dice que no habrá discriminación por sexo o raza, pero no se
dice nada de la edad. Implícitamente se admite que la edad es un motivo de
discriminación para la infancia. La edad marca el eres o no eres, una cosa que
criticamos quienes estamos en esto. Además, también hay datos cuantitativos que
señalan efectivamente cómo en el mundo las condiciones de salud, de primera
muerte, etc., han ido mejorando incluso en los países que consideramos menos
desarrollados. Otra cosa que se valora positivamente es eso de que ha entrado
en la agenda política; no tanto como debería, pero ha entrado. Hay un debate
incluso en torno a esto del veto. Que es una manera de molestar, pero ha
favorecido que se hablara de los niños en un sentido de su derecho a estar
informados.
Elabora
esto un poco.
Como persona de corta edad tengo derecho a recibir
información, que es la educación sobre las cosas que me van a hacer falta para
vivir. Todo esto son factores positivos que nos hacen decir que se va a mejor.
Los niños y niñas tienen poca voz, pero tienen voz. Otra cosa es que luego no
nos guste la voz que tienen. Se dice que Greta Thunberg (la activista
climática) es una enferma. Una razón para esto es porque no se puede admitir un
niño fuera de lugar. ¿Qué pasa porque tenga conductas diferentes a las que
hemos construido colectivamente sobre lo que debe ser un niño? Pero
precisamente porque los seres humanos rompemos las barreras es como la
humanidad ha avanzado.
Claro,
eso es lo que quiero comentar. Vale que hemos avanzado pero ¿ahora es el
momento para los niños? ¿No se les hace un reconocimiento a sus derechos? Para
nada, pero tampoco la sensación de que siempre es todo de una manera pasiva.
Para ellos no es más; ahí tenéis vuestros derechos, pero tampoco queremos que
intervengais mucho.
Esa es la cuestión. Prevalece todavía ese sentimiento
proteccionista, pero también que hay una estructura de poder –por ahí se junta
un poco con el tema de género– desde el punto de vista patriarcal, adventista.
Y nuestro refranero está lleno de cosas así: «Cuando seas padre comerás
huevos», «Cuando los mayores hablan, los niños callan»… Todo eso son cosas del
pasado. Está en nuestro subconsciente colectivo. Y no hemos conseguido, como
sociedad adulta, dar la vuelta al modo en el que tenemos de verlos. Para eso
hay que mirarles como personas, no como objetos que piden juguetes. ¿Por qué
les gustan los juegos? ¿Se interesan por los juguetes o son un signo social de
potencia y de capacidad de un padre de comprarles cosas absolutamente inútiles?
El asunto es si les miramos como objetos o si estamos dispuestos a
considerarlos sujetos.
¿Crees
que el hecho de que ahora haya una generación de niños que se está criando con
referentes como puede ser Greta puede cambiar la manera en que ellos mismos se
ven?
Creo que sí, que esas cosas empoderan a la infancia. Pero
creo que Greta ha emergido al ver porque ya había algo, una capacidad de los
niños y las niñas de hacer ese crecimiento social, esa socialización, al margen
de lo que era tradicional. Esto es uno de los cambios que ha traído la sociedad
en red. Antes los niños recibían fundamentalmente una instrucción en cuanto a
conocimiento de la vida. Era fundamentalmente a través de los adultos. La
sociedad en red lo que ha traído es la posibilidad de que los propios niños y
niñas se comuniquen entre sí y a sus propias culturas. Uno de mis primeros
contactos con la Sociología de la Infancia, con los movimientos de los niños
trabajadores en este caso, fue en 2002. Se hizo en Berlín un encuentro de niños
trabajadores de todo el mundo. Una cosa que yo he contado siempre es que la
forma de vestir de los niños era muy similar. El tipo de pantalones, las
camisetas, el tipo de corte de pelo era muy semejante. Esas culturas
infantiles, con la capacidad de ser comunicadas a través de las redes, ha sido
un factor de empoderamiento para los niños.
¿Estamos
preparados como sociedad para este cambio si es que se llega a hacer?
No sé si como sociedad, pero como adultos no. Nadie con
poder lo cede fácilmente. Es una estructura adultocéntrica, patriarcal, donde
los que mandan son los mayores y tú ya mandarás. Que hay una vida hasta los 18
años y a partir de ahí hay otra vida plena se contradice con lo de que el
aprendizaje es para toda la vida. Los que defendemos que hay que escuchar la
voz de las personas que no tienen esa edad marcada de una manera artificial
decimos que tienen ideas, opinión y cosas que contar. Esto no significa que haya
que tratarles igual que a los adultos. Los seres humanos nos necesitamos unos a
otros, la vida humana es dar y recibir, pero todo el tiempo. Los niños
necesitan de nosotros. Los adultos necesitamos guiar, acompañar y conducir a
esa difícil tarea que es crecer. La pregunta es: ¿lo hacemos de acuerdo con
unas convenciones, con una construcción social que de alguna manera heredamos?
En ese sentido sí que es muy parecido a otros movimientos que han transformado
nuestras visiones, empezando por el feminista, que efectivamente es una
reivindicación que viene del siglo pasado y que dice que las mujeres no somos
una subclase. Sería una cosa un poco similar.
Ha
salido Greta en la conversación. ¿Nos está molestando más a los adultos que sea
una mujer o que sea una niña?
Que sea una niña. Seguro, porque se sale del marco. Es una niña que dicen que
está manipulada sencillamente porque piensa. Asombraría que hablara un mono,
pero que hable un niño no te tiene que asombrar. Es como cuando quieren tener
voz en el proceso de separación de los padres; los niños en estos procesos son
como maletas. Cada vez que oigo decir: “Y entregó al niño”. ¿Qué dices? ¿Es una
maleta? Esa persona podrá decir algo. La norma dice: “Cuando tengan uso de
razón o cuando sean capaces de razonar y en todo caso, a partir de los 12
años”. ¿Quién determina que ya tienen capacidad de hablar? Otra cosa es que
escuchar a los niños no sea hacer lo que digan, que es otra forma del
paternalismo, sino tener en cuenta su opinión.
En general, las personas que están más cerca de los niños
y las niñas –las madres y los padres, pero más las madres y los educadores–
están mucho más próximos a entender a los niños y las niñas como seres humanos,
no como menores. También rechazamos el término “menor”, porque minorizada. Es
un adjetivo comparativo que se sustantiva para colocarlo como etiqueta a un
grupo de personas y supone que esa persona no es porque si hay un menor hay un
mayor, y el mayor es el que manda, el que decide.
No hay comentarios:
Publicar un comentario